¿Qué esperaría un psicólogo… si fuera al psicólogo?

La figura del psicólogo tiene muchas luces y sombras, hay mucha desinformación y prejuicios que pueden tener mucho peso a la hora de decidirnos por iniciar una terapia o buscar ayuda profesional cuando detectamos alguna necesidad. ¿Qué información es importante conocer y tener en cuenta a la hora de elegir a un profesional u otro? Derribemos algunos mitos.

<<Si voy al psicólogo es porque estoy loco>>

Es el primer mito a derribar. Esto forma parte del pasado, cuando los psicólogos y psiquiatras se ocupaban de los casos desahuciados por los médicos incapaces de encontrar una «cura». Como personas que somos cometemos errores, enfrentamos muchas situaciones a lo largo de nuestra vida y, algunas de ellas, pueden superar nuestras capacidades y generar mucho malestar (físico y psicológico). Cuando esto ocurre, cuando algo escapa a nuestro control, lo ideal es buscar ayuda y orientación profesional. Cuando se nos rompe un zapato… solemos ir a un zapatero a que lo arregle. Cuando nuestro coche hace ruidos raros y no acelera bien, lo llevamos al mecánico para que nos de soluciones. Pues con el bienestar mental pasa lo mismo. No tiene nada que ver con estar loco o cuerdo, es más, los psicólogos podemos hacer un estupendo trabajo de prevención, de este concepto han aparecido las Escuelas de Familias por ejemplo, que dan pautas para ir aplicando a medida que nuestros peques crecen y para evitar llegar a situaciones de descontrol. No solo intervenimos frente al síntoma, podemos ayudar en muchos otros aspectos.

<<El psicólogo puede atender cualquier caso>>

Dependiendo del tema que tengamos que abordar necesitaremos un psicólogo especializado en ello. De igual manera que no vamos al médico de cabecera si lo que necesitamos es un cardiólogo o un oncólogo, no es lo mismo problemas de ansiedad, de pareja, con menores… Es más, considero que hay determinadas problemáticas para las que es importante y fundamental tener una formación específica, como por ejemplo, trastornos de la alimentación, TDAH… Pregunta a tu terapeuta si está especializado en estos temas y cómo suele trabajar. A priori puede dar reparo, porque parece que nos estemos metiendo en la profesionalidad del psicólogo, pero es importante conocer su método de trabajo. En psicología hay muchas maneras de abordar cada caso (cognitivo-conductual, psicoanálisis, sistémico…), es importante que el método de trabajo se adapte a tus necesidades y que creas en ello.

<<Vamos al grano… las emociones son secundarias>>

Nada más lejos de la realidad. Trabajar en las emociones, la psicoeducación, es una piedra angular de cualquier terapia. Sea cual sea el motivo de nuestra consulta (ansiedad, depresión, desarrollo de habilidades…), en el trasfondo de cada caso siempre aparecen las emociones haciendo de las suyas. Identificar, comprender y gestionar esas emociones es un paso necesario para conseguir superar esas situaciones en las que estemos atascados. Aunque pueda parecer que está muy claro que tenemos estrés por el elevado ritmo de trabajo, no debemos menospreciar el papel que las emociones tienen en todo ello.

<<Yo voy, hablo y me quedo a gusto>>

Es cierto que la descarga emocional, sobre todo de emociones poco adaptativas, es necesaria y produce alivio como efecto inmediato. Cuando conseguimos vaciar la mochila de piedras que llevamos acumluando durante mucho tiempo en la espalda, que menos que sentirnos aliviados. Sin embargo, eso no es suficiente. En una terapia se trata de establecer diálogos, comunicarnos con el terapeuta para llegar al fondo de la cuestión y aprender nuevas herramientas que nos permitan enfrentar las situaciones desde una nueva perspectiva. Si solo contamos, por muy escuchados que nos sintamos, cuando aparezcan situaciones similares, nuestras habilidades y opciones de solución serán las mismas, por lo que obtendremos resultados muy parecidos a los que ya conocemos y nos han llevado hasta la consulta del profesional.

<<El psicólogo es el que me va a dar la solución a mi problema>>

Primero, los psicólogos no tenemos todo el conocimiento ni una bola de cristal para adivinar qué es lo que funcionará en cada caso. Tenemos formación, experiencia, otros casos que nos pueden orientar… pero nunca podemos asegurar el éxito de la terapia y, si alguien lo hace, se mete en aguas muy fangosas. Más que nada porque el éxito de la terapia se reparte de la siguiente manera: 20% depende del profesional que nos ayude, 10% de factores externos (familia, trabajo, otras personas…) y el 70% restante depende de la persona que acude a terapia y su voluntad e implicación en la terapia. Con lo cual, el 20% que nos compete es un porcentaje demasiado pequeño como para apostar todas nuestras cartas a ello. El psicólogo explica, enseña, guía, escucha, y pone todo su arsenal de herramientas el servicio de cada persona que acude en su ayuda pero, si estas personas no se involucran y tienen una actitud mental cerrada, lo que sí podemos asegurar casi al 100% es el fracaso de la terapia.

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