Perder un hijo

A la luz de los acontecimientos ocurridos recientemente en nuestro país, que nos han mantenido con el alma en un puño y que, desgraciadamente, han acabado de la peor manera, surgen muchas preguntas sobre cómo va a a ser capaz la familia de superar algo tan trágico. La pérdida de un hijo es, quizá, el momento más duro al que pueden enfrentarse los padres y es complicado reponerse a un momento como este.

Cualquier pérdida es dura, implica hacer un duelo donde habrá emociones muy fuertes, que no siempre somos capaces de manejar y desencadenan momentos de sentirnos sobrepasados y no poder controlarnos. El duelo comprende un período de tiempo de aproximadamente dos años, pasando por varias fases en las que vamos haciéndonos a la idea de la pérdida, reorganizando pensamientos y sentimientos, buscándoles un nuevo lugar dentro de nosotros y viviendo situaciones con la pérdida de la persona amada. Finalmente, aparecerá la superación del duelo cuando podamos llevar una vida lo más parecida posible a la anterior, habiendo integrado la pérdida.

La pérdida de un hijo es, además, lo que llamamos una pérdida no evolutiva, es decir, estamos predispuestos a perder a nuestros padres, abuelos…, todos nuestros antepasados que, por ser mayores en edad, evolutivamente se irán antes. Los hijos se supone que nos sobrevivirán. Además es una pérdida muy costosa ya que invertimos mucho tiempo y energías en la supervivencia y crianza de nuestra prole. Por último es también una pérdida genética, en referencia a que nuestros genes se pierden con los hijos que no sobreviven y, teniendo en cuenta que uno de nuestros objetivos (aunque sea en nuestra mente primitiva) es perpetuar la especie, con la pérdida de los hijos esto se vuelve algo imposible.

Todos los puntos mencionados anteriormente responden a mecanismos muy antiguos, hablamos de genética, de inversión de recursos… Pero lo más complicado de la pérdida de un hijo es el dolor emocional, todas las emociones que ello genera, la culpabilidad, la profunda tristeza, el resentimiento frente a lo que hicimos o no hicimos, desesperanza al pensar que esto nunca acabará, emociones a gran escala, con una intensidad muy fuerte, sobre todo en los primeros momentos.

Pérdida de un hijo

Cómo no va a ser duro perder a un ser al que comenzamos a amar incluso antes de conocerlo, porque la mayoría de los padres ya empieza a querer a sus hijos desde el mismo momento en que reciben la noticia del embarazo. Es un amor que cambiará, se intensificará y evolucionará conforme nuestros hijos vayan creciendo, pero seguirá siendo ciego e incondicional.

La mayoría de los padres que han perdido algún hijo coinciden en el sentimiento más patente de todos y el que más tiempo se queda, el dolor. Un dolor que es físico; nudo en la garganta, presión en el estómago, cefaleas y migrañas, e incluso dolor muscular por la tensión mantenida debido al estado de ansiedad general. A esto le sumamos el dolor emocional; los pensamientos recorriendo nuestra cabeza en modo automático, sin poder ponerles freno, las mil preguntas que nos hacemos y que la mayoría de las veces no tienen respuesta.

En los casos en que la pérdida ha sido en circunstancias especialmente traumáticas es importante formar parte del proceso de despedida activamente. Esto implica ir al tanatorio, despedirse del ser querido, cada uno a su manera, y terminar el proceso con el entierro o la incineración. Formar parte de esto ayuda a nuestra mente a «convencerse» de que la pérdida es real, aunque nos lleve más tiempo asimilarlo, pero le estamos dando pruebas de ello. Cuando perdemos a alguien y por la razón que sea no encuentran su cuerpo, la situación de duelo se complica, precisamente por no poder tener esas «pruebas de realidad».

Duelo colectivo

Casos como el vivido con el pequeño atrapado en el pozo, o el «pescaíto», o la joven chica sevillana hace 10 años, pueden generar un fenómeno que se conoce como un duelo colectivo. Entendiendo que el sufrimiento no puede ser el mismo que el de las familias de los desaparecidos por razones lógicas, al ser desapariciones tan mediatizadas y de las que somos informados continuamente y al detalle, se genera una atmósfera general de duelo. Todos sentimos la pérdida, nos sentimos tristes, esperamos con angustia que todo se resuelva bien y, cuando no es posible, incluso lloramos junto con la familia. Todo un país volcado con alguien a quien no conocíamos, pero somos capaces de empatizar con unos padres cuyo sufrimiento puede ser mitigado en parte gracias al apoyo de una sociedad en duelo.

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