Madres y padres profesionales

De cómo se ha pasado de la preocupación por las necesidades básicas de nuestros hijos e hijas, a arrastrar todo un arsenal de preocupaciones en base a su educación y crianza.

De ésto, entre otras cosas, es de lo que se habla en el último artículo de «De mamás y de papás» de El País, escrito por Adrián Cordellat. Hace un repaso de cómo los estándares de calidad de una buena educación y crianza, entendidas en su más amplio sentido, han sido elevados casi hasta el infinito en una carrera sin descanso para madres y padres actuales. Es una reflexión muy interesante porque, en muchos casos, es ya una realidad: ser madres y padres se ha convertido en una profesión, más que eso, en un área de atención donde volcamos toda nuestra energía para que nada salga mal y todo sea perfecto.

Esto es una tarea muy arriesgada, porque hay que tener en cuenta infinitos factores a controlar (educación, alimentación, deporte, juego…) y, bien es sabido, que cuantas más cosas intentemos controlar más posibilidades encontramos de que todo acabe descontrolado. En su artículo habla de «la generación de padres más formada de todos los tiempos» y es verdad. Disponemos de información prácticamente ilimitada sobre crianza, psicología infantil, educación infantil…, y lo malo no es tener la información accesible, sino lo que hagamos con ella. Opiniones hay miles, técnicas y pautas, otras tantas, pero la decisión de cuales poner en práctica, cuales priorizar y cuales desechar compete a cada familia.

Está claro que el «que dirán», como siempre, nos importa, de un modo u otro, lo tenemos en cuenta y más, si cabe, en el tema de la crianza y educación de nuestros hijos. Primero porque van a ser un reflejo de nuestra pericia como padres y, segundo, porque en esta carrera que supone criar hijos hoy en día la competencia es voraz, no nos permitimos un segundo puesto.

Pero, solo un pequeño apunte, esto también es una lección de vida para nuestros hijos e hijas. No solo lo que les enseñemos, los colegios a los que les llevemos, los juegos que elijamos, las actividades extraescolares a las que les apuntemos. Es un aprendizaje en segundo plano, a un nivel que pasa muy desapercibido, pero ahí está: les estamos enseñando a competir por ser los mejores, bajo cualquier circunstancia y a toda costa. Y en esta enseñanza nos olvidamos de factores tan importantes como la frustración, que también es necesario aprender y experimentar (no siempre se puede todo). Nos olvidamos también de la ansiedad a la que pueden verse sometidos bajo esos estándares de «hijos perfectos» que subyacen a los de «padres perfectos».

Como decíamos, la decisión de emplear unos métodos u otros es de los padres, todas las teorías y metodologías son eficaces para quien las sigue y pone en práctica. Lo que sí es real, es que la infancia es un período muy corto, demasiado, teniendo en cuenta los años que pasaremos siendo adultos, y los «padres profesionales» de ahora nos estamos empeñando en generar una forma de actuar adulta, con estándares adultos, en nuestros pequeños. Y otra cosa a tener en cuenta, el crecimiento y la evolución de los niños, y del ser humano en definitiva, solo tiene una fecha de caducidad, el día que dejemos de existir. Por lo tanto, no pasa nada si nuestros hijos no empiezan el «cole de mayores» sabiendo hablar inglés, alemán, iniciados en el chino, completando puzzles de 30 piezas y practicando 2 deportes además. Tiempo para aprender hay, más ahora que se ha demostrado que las neuronas siguen generando conexiones durante prácticamente toda nuestra vida. Los momentos para aprender cosas siempre aparecen, oportunidades para ser niños y disfrutarlo, por supuesto intentando hacerlo lo mejor posible pero sin obsesionarnos, no hay más que una. Y ese «disfrutar de la infancia» conlleva «disfrutar la maternidad y paternidad» al máximo, de una manera natural y sencilla.

https://elpais.com/elpais/2019/11/12/mamas_papas/1573570721_246565.html

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