Procrasti… ¿¡qué?!

¡Procrastinar! Parece un trabalenguas, pero es una palabra real que recoge la RAE dentro de su vocabulario y a la que define como «diferir o «aplazar». Como nos gusta complicarnos la vida y las palabras extranjeras suenan exóticas y venden…, preferimos llamarlo pro-cras-ti-na-ción ¡casi nada!

Seguro que te ha encontrado más de una vez con una cantidad importante de tareas pendientes y leyendo el folleto de publicidad con las ofertas del supermercado con mucha atención, o mirando vídeos de gatitos en el ordenador o, simplemente, sacando los cubiertos de su cajón para limpiarlo y volver a colocarlos. No suena a tareas prioritarias ni urgentes ¿verdad? Pues ésto es la procrastinación.

Este concepto ya lo recogía el refranero español en su amplia sabiduría (aunque no siempre acertada) con el refrán «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy«. Y cierto es, si vamos dejando tareas y cosas pendientes de un día para otro, la situación se puede complicar al final de la semana. La pila eterna de ropa para planchar, ese informe aburrido que esperamos hasta el último día para hacerlo y entregarlo, esa charla con un amigo o amiga en la que aparece por decimoquinta vez el tema de su «ex» y que dice haber superado… Es normal tener preferencia por determinadas tareas que nos supongan un reto o una distracción interesante en perjuicio de las menos atractivas, hasta ahí todo normal. El problema puede aparecer en el momento en que nos ponemos a la tarea, tarde, mal y con prisas, lo que nos genera unos elevados niveles de ansiedad y cuando esto se convierte en hábito dentro de nuestro repertorio de comportamientos. Si esto lo aplicamos a la mayor parte de las tareas importantes que tenemos que realizar, los grandes procrastinadores (o los vagos redomados que diría mi abuela), entonces vivimos en una constante angustia y estrés. Pero, ¿es justa esta visión de la gente que pospone sus tareas como vagos o perezosos?

«Son emociones, no es un asunto de productividad»

En contra de lo que podamos pensar, las investigaciones, como las realizadas por la Universidad de Calgary, parecen determinar que la personas que hace del procrastinar una forma de vida se guían por un peor control de los impulsos y las emociones. Concretamente, por la incapacidad de manejar emociones negativas asociadas a determinadas tareas y por la necesidad del refuerzo a corto plazo. Según varios estudios, las personas que lo hacen son conscientes de ello, de las consecuencias que tendrá, pero aún así, procrastinan. Los sentimientos negativos que se generen debido a esa tarea, o a la perspectiva de tener que abordarla, pueden ser muy variados. Desde que la tarea sea aburrida y poco desafiante, hasta emociones negativas propias, como autoestima baja, poca confianza en las habilidades, inseguridad… Éstas emociones y pensamientos pueden hacernos concluir que será mejor dejar la tarea por el momento y ponernos a hacer cualquier otra cosa que nos genere un estado de ánimo más positivo. Ésto se convierte en un bucle, ya que cuando volvamos a intentar ponernos manos a la obra, las emociones negativas (si no hacemos nada por cambiarlas) volverán a aparecer y, a la vez, aparecerán otras nuevas como la culpabilidad y una mala autovaloración por dejar las cosas importantes sin hacer, siendo conscientes de ello.

Pero, es precisamente el hecho de que desaparezcan esas emociones negativas asociadas a la tarea lo que genera el mantenimiento del bucle, ya que el alivio que provoca no realizarlas es poderoso, es un premio inmediato por no hacer la tarea y el ser humano tiende a repetir aquellos comportamientos por los que recibe premios (¿le suena a alguien la ratita de los experimentos conductistas de Skinner?).

Todo esto se genera en el corto plazo, a medio y largo plazo pueden aparecer consecuencias como estado de ánimo bajo, inseguridad en uno mismo, angustia, hipertensión, hábitos de vida poco saludables… Y, conociendo todo ésto, ¿porqué no hacemos nada por cambiarlo? Además del mecanismo ya mencionado, esto responde también a la necesidad evolutiva de hacernos cargo de las tareas en el tiempo presente, es decir a corto plazo, y la dificultad de pensar en las consecuencias a largo plazo o esperar el refuerzo. Es como la mente adolescente que tiene poca capacidad (que está en desarrollo) para pensar en el futuro, guiándose más por el refuerzo inmediato, el aquí y el ahora. Si no, que le pregunten a cualquier padre con hijos adolescentes qué cara ponen cuando les dan el discurso de «tienes que estudiar para hacerte un hombre/mujer de provecho el día de mañana». En general, nos resulta complicado percibirnos en el futuro, pensar en nosotros mismos dentro de X años.

No quisiera terminar sin antes hacer una confesión, mientras escribía este post no he podido resistirme a colocar toda la estantería de libros del despacho, prepararme un café y, mientras lo hacía, repasar los azulejos detrás de la cafetera… ¿Procrastinación? ¿multitarea? Prefiero quedarme con la segunda opción que es más positiva para el autoestima, aunque tenga un poco de autoengaño.

Charlotte Liberman, Procrastianr no es un asunto de Holgazanería, sino de manejo de las emociones (The New York Times, marzo 2019).
Shirley S. Wang, Las razones emocionales detrás de la procrastinación (Wall Street Journal, septiembre 2015). Imágenes de Pixabay

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